Estoy triste (y no me gusta)

La pasada semana mi hijo me dijo:

— Mama, estoy triste y no me gusta. Las emociones son un asco.

Mi hijo tiene esa edad en la que las emociones se viven con intensidad pero es cierto (¡tiene razón!), que nuestras emociones se desborden y nos lleven a lugares en los que no nos sentimos seguros, no es agradable.

Eso no quiere decir que no tenga un sentido.

— Las emociones nos permiten adaptarnos. Es por eso que han sobrevivido a años de evolución en nuestra especie— le dije —Sentir tristeza nos da información sobre cosas que necesitamos saber. 

Me miró intentando comprender pero en sus ojos se reflejaba el desconcierto: — ¿Me estás diciendo que estas ganas de quedarme en pijama todo el día y no hablar con nadie me informan de algo? ¿Intentas decirme que estas ganas de llorar son útiles? ¿O este nudo del estómago? ¿Estas ganas de hacerme un ovillo y suspirar me sirven de algo?  

Y, claro que la tristeza implica todo eso. Y no nos gusta. Y también nos lleva a la apatía, a la falta de motivación, a veces incluso al llanto o a querer esconder la cabeza debajo del ala y todo eso… ¡no es agradable! Aunque el hecho de que no nos guste sentirnos así no quiere decir que no tenga una utilidad.  

La tristeza es la emoción que acompaña a las pérdidas significativas. Nos sentimos tristes cuando perdemos a alguien importante pero también cuando sentimos que las cosas cambian y ya no van a ser como hasta ese momento habían sido.

Nos entristece la pérdida de un trabajo, una mudanza, la ruptura de una relación o una mala noticia sobre nuestra salud. Un accidente, cuando nuestro cuerpo cambia y sentimos que ya no será como antes, la pérdida de belleza o sentir que perdemos libertad o tiempo, también nos entristece.

Pero — ¿Para qué necesito la tristeza, mama? ¿En qué me ayuda sentirme así?

La tristeza suele ser una emoción incomprendida. No solemos percibirla como una aliada pero la tristeza, si la analizamos en profundidad, nos informa de qué es lo que estamos necesitando y qué cosas son buenas para nosotros

La tristeza se postula como una de las emociones necesarias para transitar los cambios, nos obliga a pasar más tiempo a solas con nosotros mismos y a reflexionar sobre nuestras verdaderas necesidades.

Como la tristeza no es una emoción bien acogida, en general, hay pocas situaciones en las que se nos legitime sentirnos tristes. Se nos permite estar tristes un tiempo ante una pérdida importante o una ruptura significativa, aún y así, el tiempo de licencia social para estar triste es corto. Normalmente sentiremos que no tenemos permiso para sentirnos tristes lo que implicará que nuestra tristeza se vaya acumulando sin permiso para ser expresada y sentida. 

La tristeza no viene a hacerte daño, viene a facilitarte un espacio para ti.

La tristeza es como un río. Si sigue su cauce puede llegar al mar pero si construimos diques acabará desbordándose y arrasando todo a su alrededor. Cuando sentimos tristeza y no nos permitimos darle su espacio, esa tristeza se queda en nosotros, no se libera. Y con el paso de los años nos acaba asando factura.

— Y ¿entonces qué hago? ¿llorar y ya está?

— Llorar nos ayuda ¡claro que sí! Tal vez también te ayude si me quedo aquí a tu lado mientras lo haces, en silencio (sosteniendo su dolor). O, si te apetece, puedes escribir una carta a tu tristeza…

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